la esencia misma de lo punk – notas verano 2021

No tengo ambición laboral 

En todo caso tengo ambiciones vitales: de comidas, olores, sonidos, libros, amistades, lugares, aguas saladas y dulces, ríos y montañas, juegos, historias y narraciones, compañías y comienzos, aprendizajes y errores, reinicios y desconciertos, sorpresas y temblores.

No tengo ambición de triunfo profesional, no quiero llegar a lo más alto, me bastaría con quedarme en la sombra, en lo mínimo necesario para poder copar todas mis ansias vitales, todas las que se ubican fuera de lo laboral.

Trabajar para vivir. Viajar para descubrir y propiciar encuentros con otras y con partes de mi que de otro modo permanecen veladas. Explorar el infinito que contienen las palmas de mis manos y cultivar el prado que crece, frondoso, en las plantas de mis pies.

Pues parece un hombre

En la foto, tomada en una playa ventosa de una isla canaria, aparecíamos, de espaldas, mi padre, mi hermana pequeña y yo. Mi padre llevaba un bañador tipo bóxer negro, mi hermana un bikini de algún color soleado y cálido, probablemente amarillo, y yo, una braga de bikini vaquera con un fino filo rojo recorriendo toda la gomita que rodeaba la cintura.

Estábamos caminando por la arena, despreocupados. No sabíamos que mi madre estaba tomando ninguna foto. Yo debía tener unos 12 o 13 años, y mi hermana tres menos.

El torso de mi padre se sostenía sobre dos piernas robustas, de ciclista. Mi hermana era delgadilla y atlética, como una preciosa lagartija. Yo tenía un par de piernas delgadas adheridas por los extremos superiores a un culo plano, firme, que continuaba, alto y erguido, hasta mis hombros. Mi silueta no era curvosa sino más bien recta, como dibujada a base de rectángulos superpuestos.

El día que revisitamos esa foto, lo hicimos mi madre y yo con mi abuela. Habría pasado menos de un año. Cuando, al girar la hoja del álbum, aparecieron nuestras espaldas bronceadas, a mi me invadió una emoción muy pura, como un destello, parecido a eso que se siente al volver a sentir la felicidad y la calma de una situación pasada.

Mi abuela vino a romper la calma cuando preguntó: oye y quién es este de aquí, el del bañador azul oscuro. Ese de ahí era yo, su nieta. Mi madre intentó arreglar el desastre, y respondió muy rápido, como para tapar lo anterior: mamá, pero si es julia! La abuela siguió adelante con el resto de las fotos.

Seres enclenques

Hubo un período en mi infancia en que me figuraba constantemente cuerpos humanos alargados o aplastados. Me costaba identificar como reales los cuerpos con los que me cruzaba por la calle; solo conseguía aceptarlos como entes vivos si los alargaba -tirando de ellos hacia arriba hasta hacerlos parecer un espagueti- o los aplastaba -consiguiendo que se asemejaran a manzanas de carnes apretadas-.

Estas imágenes de cuerpos transfigurados, maravillosos, imposibles anatómicamente hablando, adquirieron mucha fuerza también en el territorio de mis sueños. Todos los personajes que aparecían en ellos pertenecían a la categoría espagueti o a la categoría manzana. Quizás mi cuerpo era el único que yo percibía en todo su ser, ocupando con naturalidad cada uno de los centímetros a lo largo, profundo y ancho que a él le correspondían.

El otro día el algoritmo me sugirió una imagen de un pintor francés, y me quedé anonadada. ¿Así que mis cuerpos estirados y aplastados existían también sobre el lienzo, y dentro de la mente creativa de otra persona? Eso me resultó fascinante, apasionante. Y hacía muchísimos años que yo no había vuelto a pensar en aquellos cuerpos imposibles. Me reconfortó mucho rememorarlos.

Mi mente era un hervidero de ideas por aquella época. Tenía varios tics, molestos para el resto del mundo, pero que a mi me regalaban una sensación de estar presente, viva, consciente. Pestañeaba muy fuerte constantemente. No era capaz de caminar un solo paso si no contaba los que le precedían o los que le seguían. Esos patrones, que me da la sensación de que algún profesional de la psicología tacharía de patológicos, a mi me aportaban sensación de calma, de control, de pertenencia.

No se qué significaban aquellos cuerpos enclenques o rechonchos, pero a mi siempre se me antojaban como los más bellos que poblaban la tierra. Se estiraban para alcanzar lo inalcanzable o se aplastaban, circunspectos, a la búsqueda de los tesoros escondidos en las profundidades de su propio ser.

Sueño que entrevisto a Judith Butler

Se supone que me inscribí en un curso online gratuito con ella y al acabarlo ella tiene que venir a Granada a examinarme.

Al principio del sueño yo no se nada de esto. Solo llego tarde a nuestra entrevista, con muchísimo sueño encima. Ella me espera, de entrada ya molesta. Se sienta, salgo a por agua, cuando regreso se ha cambiado de sitio y está en una esquina. Me cambio de sitio yo también para estar cerca de ella.

Se me olvida poner grabadora. El caso es que le hago la primera pregunta: ¿what do you think about people who enjoy reading Crepúsculo? Después, con mis ojos ya cerrados, le explico la pregunta: What I mean is: do you differentiate between high and low culture? How do you deal with this, taking into account that many people that uses your work did never actually read you because of how difficult it is to get you?

Ella me pasa un papel que solamente logro escuchar crujir. Lo coloca en mis manos porque mis ojos siguen cerrados, muy muy pesados, como si estuviera realmente dormida. Cuando lo despliego, consigo, tras un esfuerzo ingente, abrirlos. En el papel hay una lista con cinco nombres, y al lado de cada nombre una nota. Todos tienen sobresaliente, así en español, y alguien algo así como cumlaude. Junto a mi nombre: CERO.

Judith me mira y me considera tan tonta que su mirada beligerante me está preguntando, altiva, si comprendo lo que ese trozo de papel significa. Yo le indico que sí, e intento proceder a explicarle el motivo de mi desorganización.

Yo me apunté al curso con ella pero después me di cuenta de que no iba a poder dedicarle tiempo ni trabajo, porque ya andaba hasta el culo de trabajo con la tesis y los pocos artículos pagados que escribía cada cierto tiempo.

Ella no me deja llegar a la segunda palabra de la explicación y ya ha agarrado sus cosas y se dirige al pasillo. Yo vuelo tras ella, que la hija de puta no veas como corre pa dedicarse na más que a pensar…

Al salir, mi directora de tesis comienza a perseguirnos también. ¿Qué ocurre?, se pregunta. Cuando ambas alcanzamos a Judith ya en las escaleras que conducen a la calle, la filósofa altiva se vuelve y empieza a reírse. Dice algo así como que nunca ha sido objeto de un trato tan nefasto. después se pone a citar a un tal Bob noseque que decía nosecual sobre estas situaciones. Yo ahí ya no rijo.

Le explico a mi directora que aunque me apunté al curso, después escribí para desapuntarme y desde la universidad XXX me confirmaron que ya no formaba parte de los participantes en el mismo. Sin embargo, hacía una semana Judit en persona me había escrito y yo había visto una oportunidad tan grande en la posibilidad de entrevistarla que le dije que ok, que nos veíamos en la universidad el día Y a la hora Z.

Ahora todo había salido mal y yo me sentía como el culo. Además, cuando había intentado explicarle ms motivos, le dije “I unsigned from the course”. Ella empezó a atacarme a cascoporro cuestionando mi acento y mi inglés y señalándome que no tiene nada que ver “I am signed” que “I unsigned”, there is a huge difference (riendo socarrona).

Años después la venganza… Precaria estoy sirviendo helados en algún lugar turístico, ella llega a pedir uno y como no sabe pronunciar bien el sabor que elige, me bajo los pantalones, cago en un cucurucho y se lo pongo entre las manos como ella hizo con aquel papel de mierda y me voy riendo mientras me marcho de la heladería sin importarme ya una mierda butler ni mi trabajo de, nunca mejor dicho, mierda.

p.d. Idolatro a la Butler, aunque en mis sueños la trate tan raramente…

En casa de mi abuelo y mi abuela

Ayer fuimos a comer con mis abuelos paternos. Mi hermana y yo. Hace 35 años que viven en esa casa, un espacio que en mi infancia estaba lleno de secretos y tesoros y que a día de hoy sigue conservando parte de ese misterio.

Algo que me encanta cuando voy a comer con ellos es ser testigo de sus rituales cotidianos. Elegir el mantel grande de las visitas, despegar la mesa de la pared, retirar los cuatro marcos de fotos y los dos floreros llenitos de flores para acomodar las sillas y colocar el mantel y todo lo que el almuerzo conlleva.

La ensalada suele ser de lechuga, tomate, y algunos días especiales, como hoy, aguacate o maíz. Como soy vegetariana, mi abuela se esfuerza por modernizar sus recetas de siempre. Por eso se atreve con unas croquetas de espinacas, tan increíblemente buenas como las de pollo. Saben a infancia tanto como las que llevan carne.

Las patatas fritas en sartén de metal, y los huevos con encaje, que a ella suelen salirle “chuchurríos siempre”. Mi abuelo prepara unas tapillas y nos ofrece cerveza. Él se prepara un tinto de verano. Mi hermana se ofrece a prepararlo ella y él, socarrón, la mira y agarra el vaso: “es que yo me lo hago como a mi me gusta, con poquito vino”. Desde hace años, compran vino de cartón y rellenan con él una botella de vidrio muy bonita, para que luzca más.

Siempre se encargan ellos solos de la cocina, entiendo que porque son sus dominios y allí las cosas se hacen a su modo, siguiendo unos pasos bien compenetrados, como si abuelo y abuela fueran bailarines de una danza ancestral, más antigua que el viento, y tuvieran los movimientos grabados a fuego en cada fibra de cada uno de sus músculos.

Mi abuelo cojea, pero coge una aspiradora de mano con batería y se pone a aspirar todas las mijillas de pan del suelo del comedor. “Y además engaño a las eléctricas, porque la cargo siempre por la noche”, me dice, sonriente, orgulloso.

Cuando tomamos café llega mi parte favorita de la visita, cuando los dos se ponen a recordar sus respectivos pasados. Como cada uno se acuerda a su manera, se pelean un poquito, con un cariño que yo observo como un fenómeno extremadamente bizarro de la naturaleza.

Mi abuela saca un bolso antiguo, de piel de ternera, de mi bisabuela. Le confeccionó una bolsa de tela suave para guardarlo. Cuando lo saca, las cosas de mi abuela chica -mi bisabuela- aún están dentro. Un monedero, un abanico, un espejito de concha, polvoriento. “Cuando tengáis que vaciar esta casa, anda que no vais a estar entretenidas”. Yo le he dicho que yo me moriré antes, que ellos aún tienen mucho por vivir.

Mi abuela, antes de irme, me ha preparado un tupper con las croquetas que han sobrado. “Estas pa ti, que tú no te las haces”. Tengo que aprender su receta, pienso mientras bajo en el ascensor de nuevo a la calle para volver a casa.

Putas y rosas

Mientras esperaba a A. alguien me ha espetado: qué haces tan sola siendo tan guapa. Con los nervios solo me ha salido decirle, feliz y convencida: pues meterme a monja. Mientras el maromo se alejaba rodeado de sus secuaces, ha girado la cabeza y ha proferido: qué fea eres, puta.

A. y yo hemos ido a El perro andaluz a bebernos una jarra de cerveza. Allí ha llegado un vendedor de rosas y, mirando a A. le ha explicado que la que sostenía en la mano era para ella, de parte de aquel señor con la chaqueta de Motörhead.

A los pocos minutos el susodicho se ha acercado y mezclando español e inglés nos ha dicho: esta rosa es para ti pero en realidad era para mi, do you understand? Not really, ha contestado A. mientras él se daba media vuelta exasperado.

Algunas masculinidades son verdaderamente frágiles y lo que en la adolescencia me causaba estupor y malestar ahora es solo una excusa para inventar historias de monjas y hablar en otras lenguas.

Poco antes de todo esto pasé por la calle Gozo y me pareció que aquella era mi calle preferida, al menos por el momento. Quizás cuando sea vieja y ya no haya que llevar mascarilla mi gozo se encuentre en escupir … (aquí dejé el relato, inacabado pero no por ello menos real).

Pezones duros en la fisioterapeuta

Ayer fui al fisio, a una sesión que mi amigo V me había regalado por mi cumpleaños el año pasado. Llegué tarde, corriendo, respirando agitada. M me recibió sonriente, no te preocupes que eres la última clienta. Después de una entrevista profunda que me obligó a evaluar mi relación con mi cuerpo estos últimos meses, pasamos al meollo. Me desnudé, me tumbe boca arriba y nada más poner una mano en mi cuelo M susurró pausadamente ufff amiga si que estás tensa…

Fue pasando la sesión, yo aguanto muy bien el dolor y ella reconoció estar aprovechándose de tamaña resistencia. Al final, me puso por segunda vez frente al espejo y fui testigo del milagro: había crecido unos centímetros, los michelines que me salen por el sujetador se habían estirado, mis hombros parecían más amplios y puntiagudos. Hubo un momento durante la sesión que noté tan certeramente cómo me abría y destensaba que mis pezones se endurecieron y sentí una gran conexión con sus manos. Me dio vergüenza así que cerré los ojos. Hoy me siento de verdad como un polluelo que consigue por primera vez alzar el vuelo, con la parte posterior de mi cuerpo fortalecida, rejuvenecida, en definitiva más pájara, menos humana.

Escapar: Huidas

Durante la adolescencia, las madres que huían de sus hijos y responsabilidades encarnaban para mí la esencia misma de lo punk.

Masturbándome el otro día, se me escapó un peo: se mezclaron en mi entonces muchas sensaciones: la liberación del gas expulsado, la risa incontrolable ante tan fortuita coincidencia en el tiempo -orgasmo y peo alineados- y climax autoerótico.

Me aleje hacia Islandia ante la imposibilidad de abandonar directamente el planeta entero.

-la huida nunca es hacia adelante. Cuando huimos, sin saberlo, cándidos, tan solo estamos desplazándonos horizontalmente, hacia los laterales de nuestra propia existencia. Esa huida metafórica hacia el futuro es un engaño, porque lo que nos persigue persiste en su carrera hacia nosotros y no ceja en su empeño hasta que el reencuentro sucede.

Mi abuelo me contó que su amigo M al llegar a Suiza recién emigrado se dedicó a comer albóndigas enlatadas para perro durante semanas. No sabía alemán, y en la lata solo aparecía una foto de carne en salsa sin indicación o explicación de que fuese para animales. El precio era tan irrisorio que quizás decidió obviar lo casi evidente: aquello no era algo pensado para el consumo humano. Mi abuelo se ríe mientras me cuenta la historia. La miseria, la vergüenza y el asco quedan casi apagados con el paso del tiempo, una vez que se está de nuevo al resguardo del sol sureño y acunado por la lengua que nos es familiar.

La huida es eso: un salto en paralelo que siempre nos obliga irremediablemente, a volver al punto de partida, sea geográfica sea afectiva sea mentalmente: cuando huimos no escapamos, tan solo vivimos. 

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