Belleza, ¿dónde estás?

Belleza desobediente

Esta es una entrada sobre bellesas, en plural, y sobre críticas viscerales a todo lo que implica que a veces se pretenda domar y unificar lo que significa ser, estar o sentirse bellx. 

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Las mujeres también hacen valoraciones socarronas y crueles sobre los cuerpos de los hombres. Mujeres que comentan sobre la polla de uno, o sobre el culo o la barriga de otro. 

Las imposiciones estéticas nos atraviesan a todes. La belleza es un constructo histórico y cultural que inunda las sociedades con inalcanzables e irreales cánones. El ideal de belleza hegemónico, que nunca es concreto ni demasiado definible porque entonces no tendría sentido perseguirlo, nos asfixia. 

En la percepción de nuestra corporalidad estamos todes apañaos. No existe cuerpo que al observarse frente al espejo no fantasee con posibilidades, sean estas pasadas, futuras o simples ensoñaciones. 

El caso es que la mujer que comenta los brazos sin forma del hombre fofo está tan inmersa en la trampadelabelleza como el hombre que se mofa de la mujer de coño peludo y labios grandes con sus amigotes. Los anhelos estéticos nos igualan, nos convierten a todes en criaturas perdidas e insatisfechas en la constante e infructuosa búsqueda de un cuerpo OTRO.

Lo que cambia en estas situaciones es el peso que esa norma coloca sobre nuestros hombros. Por lo general, y como advierte por ejemplo Mari Luz Esteban, los hombres no sufren tantas presiones con respecto a su imagen como las mujeres -y yo aquí incluyo también a las disidencias-. Esto significa que las vidas de los hombres cis no están tan imbricadas con ese trabajo constante -el beauty work al que hace referencia Naomi Wolf. Un trabajo que, en el caso de las mujeres, se extiende desde el nacimiento hasta la muerte causando estragos en la identidad y la autopercepción, supeditando en todo momento la mirada propia al filtro externo, como el filtro plástico y falso de instagram, el filtro que nos impide mirar nuestro cuerpo sin anhelar que, aunque sea en aspectos mínimos o imperceptibles, sea distinto, extraño, otro. 

La tiranía de la belleza se disfraza, se adapta y muta con los tiempos. Quizás, cuando las mujeres comenzamos a sentirnos mejor en nuestra piel, es cuando llega el momento de desechar ese cánon, introduciendo ligeros cambios para lograr que, de nuevo, nos sintamos insatisfechas, a la búsqueda de un maldito nuevo modelo. De Claudia Schiffer a Gisele Bundchden a Kim Kardashian a…

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Recuerdo mi adolescencia como un período de exploraciones constantes. La estética se convirtió para mi en un modo de confrontar al mundo y de presentar ante todes mi deseo de ruptura. Para mi la moda no tenía sentido, no había nada en ella que me reconfortara. Vestía estrafalaria, usaba mucho colores, superposiciones y atrevimientos. Reconozco que con el paso de los años, y para no sentirme tan señalada y juzgada por mi modo de vestir o el uso libre de imposiciones de los adornos del cuerpo, fui silenciando esa rareza. 

No fue hasta hace poco que caí en la cuenta de que tatuar el cuerpo puede tener que ver también con ese deseo adolescente de romper con el cánon. Si mi cuerpo es el que es y, aunque no lo quiera, me miro con ojos juiciosos, con unos ojos que no son los míos sino que son los de la sociedad que me rodea, los de los anuncios de televisión, los de esos cuerpos de mujeres desmembrados, compartimentados, operados y photoshopeados, si mi cuerpo es mi nave de viaje en el tiempo y encarna en él toda la diversidad posible, entonces quiero decorarlo a mi modo, quiero experimentar con él, llenarlo y vaciarlo, colmarlo y excitarlo, mostrarlo y ocultarlo. 

El cuerpo no es algo separado de nuestro ser. Aunque las sociedades occidentales se empeñen en convertir el cuerpo en una máquina en un montón insensible de carne en una arcilla que amasar para lograr reflejar la figura imperante en un vidrio caliente que manosear hasta conseguir el esbelto jarrón, aunque el cuerpo ande tan confudido y solo y separado de los otros cuerpos, mi cuerpo es naturaleza, fallo y asombro, posibilidad y secreto, cosmos y átomo, vómito y vibración, regurgitaciones y ancestros, fuente y desierto, globos y filamentos, presente y futuro, pasado y utopía, plan y acción, mareas y centros, nudillos y membranas, pensamientos y gemidos, glóbulos y palpitaciones, aperturas y esfínteres, babilla y huesos.

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Nuestras bellezas no saben de tiempo, ni de historia, nuestras singularidades existían antes de que nosotres las nombráramos. Nuestros cuerpos no saben de cánones, si no es para dinamitarlos, aplastarlos, zampárselos y digerirlos para luego cagarlos. Mi cuerpo no es insignia de un siglo, ni tótem de una era. Mi cuerpo es refugio y plataforma, nuestros cuerpos son exploraciones y no-banderas. 

La belleza es un mito, una dictadura, una ficción a la que estamos enganchades. Lo bonito es lo que está vivo, como los árboles, los manantiales y los ríos. Lo bello es lo que busca conexión -en el abrazo, en la comida, en el bostezo contagioso, en la palabra escuchada, en lo que anida y mana-. Los cuerpos no son más que personas que caminan con sus vidas por delante, transportadas por trozos de materia viva que algún día no serán nada más que polvo, larva y grama. Me pregunto si algún día la belleza dejará de significar lo inalcanzable para pasar a significar lo que ya existe. 

*

Esta tarde fui a comprarme un tónico para la cara. Llego al stand de la marca que me gusta y la chica me analiza, recorriendo de abajo a arriba mi cuerpo vestido con ropas anchas y coloridas. Me pregunta en qué me puede ayudar. Le pido el tónico xxx. Comienza entonces el acostumbrado interrogatorio: qué productos usas, en qué orden, cuál es tu rutina de “belleza”. Yo respondo entre orgullosa y exasperada. Ella me espeta entonces: ¿qué buscas mejorar? Yo respondo convencida: nada. Se lleva las manos a la cabeza de una manera extremadamente teatral que me hace sonreír tras la mascarilla. 

Me pide que me acerque a un cartelón donde destaca una lista de palabros referidos a la piel. Me va guiando, como si yo fuera una preescolar aprediendo los números del 1 al 10: cuánto te preocupan las arrugas. yo: nada. la luminosidad. yo: nada. Ella prosigue, paciente aunque yo sospeche que está ligeramente irritada, y yo sigo respondiendo igual, probando hasta dónde alcanza su paciencia. Las imperfecciones, nada. Los poros, nada de nada. La firmeza, cero. 

Ella explota entonces, como ese grano blanco que llena el espejo de pringue: pero ¿qué haces en una tienda de productos de belleza si nada te preocupa?!!!!!!!!!! Mi cara está ahora llena de su bilis, de su saliva, de su odio tan bello. Regodeándome en el momento que está por llegar, me acerco al mostrador de nuevo y le indico que me voy a marchar de allí. No quiero parecer descortés. Le anuncio que me voy y me dispongo a explicarle el por qué. Ella me escucha, atenta, con los ojos saltones muy muy abiertos. 

Yo: la verdad es que muchas veces, cuando vengo a este lugar, me siento como una mierda. Yo vengo ilusionada, como una adolescente experimentando, a comprarme un producto que me hace sentir bien, limpia, fresca, cuidada. Y conforme avanzan los minutos me voy sintiendo cada vez peor. Claro que me preocupan mis arrugas, claro que observo mis imperfecciones y me gustaría borrarlas con una goma, por supuesto que soy consciente de que mi piel pierde firmeza año tras año, día tras día. No obstante, estas cosas no me quitan el sueño. Mi rutina de belleza es más una apreciación de mi imagen, una reconciliación con lo que me devuelve el espejo, que una persecución o un castigo a mis pobres células que lo único que hacen es afanarse en mantenerme viva. 

No vengo aquí a que se me coloque frente a una lista de supuestos problemas que yo tengo que valorar del 1 al 10 como si el envejecimiento pudiera pararse, o corregirse. Ningún producto que me ofrezcas podrá jamás parar el tiempo, y eso me alegra. Si yo uso limpiadora, tónico, hidratante y sérum es porque me gusta sentir esa maldita frescura en mi cutis, igual que me flipa lavarme el coño y abrirme de piernas para que se seque al aire, sin importarme una mierda que esté envejeciendo o no. No quiero luchar contra el paso del tiempo, es agotador. ojalá un día un establecimiento con productos para el cuidado de la piel donde te pregunten qué cojones te hace sentir mejor en tu carcasa y nunca qué te hace sentir mal dentro de tus carnes. 

Le he soltado todo esto casi sin pensar. Ella asentía, todo el rato. Me ha regalado unas muestras de tónico y yo le he dicho que probablemente no volvería a comprar allí. Al salir a la calle, he escuchado a unas chicas delgadísimas que se daban consejos sobre cómo conseguir reducir calorías en cada comida casi sin enterarse. 

Yo quiero enterarme de todo, esa es la verdad. De cada gramo de grasa, de cada arruga, de cada grano. Joder, son todas esas cosas las que me hacen sentir viva. ¿Para cuándo un marketing que apueste por hacernos sentir seguras, escuchadas, amadas?.

*

Marta Sanz escribe en su libro “Susana y los viejos”: 

No es el cuerpo lo que se desea, 

sino lo que el cuerpo significa

Yo me retiré explicándole que la belleza era un proceso…

Y a mi me fascina esta imagen de la belleza como proceso.

La belleza nunca es una imagen, sino un movimiento. 

La belleza no se capta, la belleza se experimenta. 

La belleza es una historia, nunca una frase de azucarillo. 

La belleza es un proceso porque avanza con la intimidad e inunda con la rareza. 

La belleza nunca es una persona joven, sonriente y sana, 

eso, de hecho, es una cosa completamente ajena a lo verdaderamente bello. 

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