Premoniciones

Matar a un perro. Premoniciones

Hace poco más de un año, cuando volvía a Granada conduciendo desde la vecina Almería, maté a un perro. Eran pasadas las doce y yo iba escuchando Polygondwanaland de King Gizzard. Había bebido cocacola y cerveza sin alcohol, así que me encontraba fresca y francamente despierta. Venía de pasar el día visitando a una amiga en su casa en los Molinos del Río Aguas, un oasis en mitad del mero desierto. Había sido un buen día. 

A la altura de Diezma, ya en la provincia de Granada, un enorme perro de color miel apareció por el lado derecho de la carretera desierta. Corría muy rápido, yo intenté esquivarlo cambiando al carril izquierdo, pero él quedó paralizado ante mis faros y, muy quieto, se encontró de bruces con mi coche chocando estruendosamente contra él.

El coche saltó, desbocado, y todo sucedió tan rápido que solo recuerdo la luz de los faros inundando la carretera en oleadas que me mecían de un lado a otro dibujando trayectorias larguísimas con cada embiste de volante. Mi cuerpo palpitaba enloquecido, rebosante de adrenalina, temeroso, acongojado ante el más que posible impacto contra los quitamiedos o cualquier otro objeto que pudiera aparecer en la calzada. 

Finalmente logré enderezar la trayectoria del coche y, mucho más despacio, seguí circulando hasta la salida más próxima. Los bajos del coche, reventados, y todo el lado delantero derecho, iban arrastrándose por el pavimento, como tripas de un enorme elefante metálico que hubiese sido cosido a balazos. Ya parada en la cuneta, coloqué las luces de emergencia y agarré el volante con las dos manos. Necesitaba sentir algo estable, recto, bajo mis palmas. 

El llanto llegó como un tsunami. Lloraba por miedo, liberando de una manera primaria toda la tensión acumulada, y lloraba, sobre todo, por el perro. Desconsolada, no podía dejar de ver su vigoroso y mullido cuerpo yendo al encuentro de mi endiosado carruaje. Entonces, la tranquilidad me abandonó -durante varios días- como una bruma con la salida del sol deja atrás una ciudad fría, insensible, durmiente. El perro murió, yo sobreviví. Qué mierda, joder. Lloré todo, me vacié entera, antes de que llegaran los servicios de emergencias. 

*

Aquí llega la segunda parte -truculenta- de la historia. Ese trozo de noche me persigue, se me sigue apareciendo, como una película de terror, una y otra vez. Cuando, aquel día, después de las últimas tapas en Almería puse rumbo a Granada, hubo un fugaz pensamiento que iluminó mi mente desde dentro: imaginé que un animal se me cruzaba en la carretera. No había en ese pensamiento que nació muerto ningún otro detalle: ni imágenes gore, ni animales determinados, ni mucho menos volantazos para asegurar la trayectoria. Más bien se dibujó en mi mente como una frase, un tatuaje cerebral que decía exactamente eso: imagina que un animal se te cruza en la carretera esta noche. 

Cuando el perro apareció, por un microsegundo, a mi me pareció que era producto de mi imaginación. Si quise salvarlo fue ante todo para salvarme a mí misma de haber imaginado algo atroz que ahora estaba teniendo lugar realmente. 

Me recuerdo, en la adolescencia, imaginando desgracias de diverso grado simplemente para olvidarme por un rato de mis dramas nimios. Y aquella noche el pensamiento-frase del animal en la carretera inauguró una vuelta al pasado que ahora analizo con ojos fríos, analíticos, desprovistos de circularidad o coincidencia. 

*

Ayer me robaron el móvil cuando llegaba a casa. Esta vez no hubo pensamiento premonitorio. La sospecha, en este domingo manso de enero, se situaba muy lejos de mi, como a años luz de mi propio cuerpo. Sin embargo ocurrió: me quitaron el teléfono casi en mis narices, necesitaron rozar mi ropa, casi tocar mi piel. El atropello, el robo. La premonición, el elemento sorpresa. La arbitrariedad de lo que nos sucede es difícil de tragar. 

Maté a un perro, me robaron el móvil. El mundo sigue su órbita, incansable, y yo, bueno, yo sigo analizando e intentando continuar mi propio movimiento microplanetario. Mis satélites se encuentran dentro de mi estómago, nadando en mi sangre; mi luna por el contrario muy lejana, casi desdibujada, paralizada ante los faros de una nave extraterrestre, respirando agitada en su aventura rocambolesca. 

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