Calabacines

Aurora y los espejos: katoptronofilia y calabacines.

Cuando contempló el calabacín por primera vez, recién sacado de la nevera, aún frío y un poco húmedo, se dijo para sí misma: no entrará, es demasiado grande. Aún así, tozuda, lo agarró firmemente con la mano izquierda, lo colocó debajo del chorro de agua templada, calentada por la temperatura ambiente en agosto, y limpió concienzudamente aquel falo de la huerta que de pronto se le antojó tan apetitoso. No podía decidir si aquella verdura le resultaba atractiva por lo culinario -a ella siempre le chiflaron los calabacines, en todas sus formas, crudos y cocinados- o por lo que pretendía hacer con ella. 

El caso es que Aurora, decidida, secó con papel el vegetal boscoso y lo llevó consigo, bien pegado a su pecho, hacia el salón. Todo lo demás estaba preparado. Aquella mañana había aspirado la alfombra, había limpiado el espejo con precisión de somelier y había puesto un poco de orden en la estancia. Finalmente, había subido las persianas completamente, de forma que en aquel exacto momento de la tarde, el azul chillón del cielo se colaba por la ventana hasta casi alcanzar el sofá color miel.

El espejo se encontraba apoyado en la pared color chocolate, de pie, vertical, frente al sofá, justo al lado del televisor de culo profundo del que ella se negaba a desprenderse. Maldecía la obsolescencia programada. Esta tendencia suya a no deshacerse de cosas explicaba el hecho de que el espejo que ahora refulgía acalorado en la habitación estuviera manchado con meado de gato. Era el viejo espejo de la cómoda de su tatarabuela y, cuando ésta murió, Aurora fue la única interesada en conservar el pútrido objeto, cuyo marco dorado combinaba a la perfección con la mancha negra, química, que el orín de Misifú había dejado en toda su parte baja.

Aquella tarde no había música, ni viento. La ventana estaba abierta, y a lo lejos se divisaba la colina donde se situaba el barrio de al lado, lo suficientemente lejana como para que nadie pudiera espiarlos a calabacín y a ella; lo suficientemente cercana como para que unos prismáticos de muy mala calidad hubieran conseguido llevar a ojos de cualquiera la hazaña que ella se proponía.

En lugar de sentarse en el sofá, lo que habría dado a todo aquello un aire harto convencional, Aurora optó por sentarse, abierta de piernas, sobre la alfombra. Aunque hacía calor, el contacto de su propio sudor con el pelo espeso y concentrado del tejido le proporcionó una extraña sensación de frescor en las nalgas.

Se observó en el espejo. No podía decirse que estuviera enamorada incondicionalmente de sí misma, pero sí que podría afirmarse que en aquel preciso instante Aurora encontró su reflejo bastante excitante. Sus rodillas puntiagudas, sus muslos gruesos, su barriga con tres perfectos rollos marmóreos escondiendo un ombligo alargado. Recolocó su pelo, alejando el flequillo de los ojos, abriéndolo en dos cortinas de cabello simétricas, casi perfectas. Unas saladas gotas de sudor perlaban su frente, como rocío erótico, preludio de un amanecer sexual en un mundo de nuevas sensaciones.

El calabacín seguía en su mano, erguido, desafiante, sediento. Era de un verde brumoso casi líquido. Estaba muy duro. Esto le hizo mucha gracia. Qué fácil para él, verdura ajena a las diatribas de la sexualidad humana, estar siempre preparado para el placer. Decidió que, aunque todo había comenzado de un modo bastante frío, aséptico, aún estaba a tiempo de convertir aquel experimento en una pasional historia de amor.

Lentamente, con la prodigiosa y excitada verdura siempre en la mano izquierda, Aurora fue desvistiéndose. Solo llevaba una camiseta vieja y unas bragas. A la vez que lo hacía iba rozando suavemente a C por su piel desnuda, cada vez más acelerada. La visión que le devolvía el espejo era increíble. Su cuerpo, tan despierto de pronto, refulgía, ligeramente bronceado, mientras bailaba con el vegetal cilíndrico. Componían una extraña pareja, ella tan viva, él tan pasivo. El salón, por otro lado, cobraba vida, debido a los jadeos y fricciones que iban aumentando la intensidad de la energía sexual en el ambiente.

Aurora sentía que aquella era realmente su “primera vez”. Esa en que ella escogería qué la penetraba, qué entraba en su cueva vigorosa, qué traspasaba el velo invisible de la entrada de su grieta. Su cuerpo empezó a volverse crujiente. Era una sopa cálida que ella se ofreció para saborear con sus propios dedos. Era dulce y salada, cálida y ácida. Entonces dio a probar de su caldo también al calabacín.

El olor se volvió más fuerte y su necesidad de sentirlo dentro de ella, entero, también. Ahora que estaba sola en casa, y que tenía todo el verano por delante, por fin se había rendido a los encantos de la cruda, casi bruta, exploración sexual.

Cuando empezó a abrir sus labios, el calabacín parecía demasiado grande para poder acceder a su interior. Aurora sabía que tenía que cambiar de postura para que aquello funcionase. Se sentó en cuclillas entonces y, poco a poco, dulcemente, fue introduciéndolo en su coño. No podía dejar de mirar al espejo. La estampa era lo más bizarro que nunca había protagonizado. Eso la hizo henchirse de orgullo y deseo. Su interior se estaba expandiendo cada vez más, su coño rosado se mostraba como un huerto recién regado, en medio del cual yacía, feliz, un calabacín robusto y jugoso.

No lograba tocar su clítoris. Tenía las dos manos entre las piernas, sujetando el vegetal que cada vez entraba y salía con más calma de su interior. Sus pechos se derramaban sobre su estómago, botando suavemente. Sus mejillas estaban cada vez más rojas. Su respiración era entrecortada, sus rodillas temblaban. El orgasmo llegó de manera inesperada. Su cuerpo ondeaba presa de un placer que nunca había experimentado antes. El calabacín, con las fuertes contracciones vaginales, había sido expulsado de su interior casi en su totalidad.

Un minuto después, Aurora consiguió sentarse sobre las nalgas cerrando las piernas. Si apretaba los muslos, aún llegaban réplicas lúbricas del orgasmo recién experimentado. Dejó entonces el calabacín sobre sus piernas y, agarrando su vieja cámara de fotos, inmortalizó el momento. Dos amantes, reflejados en el espejo, extasiados después de hacer el amor. Sonrió e, inclinándose ligeramente hacia atrás, apoyó la cabeza en el sofá. El calabacín rodó al suelo y ella alargó la mano hacia la mesita del teléfono para encender un cigarrillo.

Kataptronofilia: «Es una parafilia que se centra en los espejos (en griego espejo se dice katoptron)… El llevar a cabo fantasías de katoptronofilia puede consistir en construir entornos para actividades sexuales en los que uno está completamente rodeado de espejos, a veces incluyendo el techo.»

golfxsconprincipios.com

2 comentarios

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s